ues aquí, y como siempre, a El Puerto de Santa María le está reservado en ese juego una función múltiple, de primera importancia.
Tal vez la encabece el hecho de ser El Puerto la principal y más lúcida puerta de entrada, por tierra, a la bahía gaditana, y eslabón rentable y representativo, entre un campo y un mar de pródigos.

UNA BAHÍA, UNA CIUDAD: EL PUERTO.

I. Un inglés de larga vista.

  Hace poco más de dos siglos, en 1789, un caballero de Portsmouth y oficial de la Marina británica, Wyndham Blest, dio en veintiséis líneas de elegante prosodia con los dos puntos que, aun sin conocer ese texto, hubiesen configurado estas pocas reflexiones sobre El Puerto de Santa María y el papel que en su medio geográfico le es propio.

  Digno de mejor suerte en la memoria histórica de nuestra Bahía, Blest casi prescinde de los habituales datos demográficos o descriptivos y repara primero en el triple carácter, marinero, campesino y fluvial, que singulariza a El Puerto entre las otras localidades de la ensenada gaditana.

  El inglés señala a seguido la firme integración de El Puerto en ese conjunto de poblaciones y la esencial unidad de tal conjunto.

  Una conclusión tan lúcida y meritoria cuanto que la misma prosperidad mercantil de la Bahía en aquel momento, su Siglo de Oro, no daba precisamente para zalemas y lirismos sino para piques y duros forcejeos comerciales entre las villas ribereñas. Pero, con o sin catalejo, Wyndham Blest pareció ver más allá, y cuando (con perdón por citarme) uno ha escrito que la Bahía es un espacio comunal, una suerte de patio de vecinos cuyas puertas son sus poblaciones, estaba percibiendo lo mismo que percibió Blest, y que en la Edad Antigua pudieron no ya percibir, sino muy posiblemente vivir, Plinio, los Balbo, Avieno: una unidad repartida, un extenso pero único lugar, también sentido y manifestado, de un modo u otro y milenios más tarde, por historiadores, poetas y arqueólogos, Hipólito Sancho de Sopranis o Rafael Alberti, Antonio García Bellido o César Pemán, Ramón Corzo o Diego Ruiz Mata.
  Aunque estorbada después por rivalidades e intereses, esa unidad deberá acabar determinando nuestro futuro comarcal, así que conviene pensar desde ahora en las poblaciones de la Bahía gaditana como en lo que pudieron ser antes e inmediatamente después de Cristo. En origen, y tras el nombre fenopúnico de Gadir, el ta Gádeira, griego, el romano gades -Cádiz en suma-, no dan singular sino plural, 'los Cádices' por así decir; prefiguran un solo pero repartido organismo urbano y portuario a la manera de Londres o Nueva York, de núcleos complementarios en torno a una sola denominación y a un común espejo de agua, expresión ésta, contra lo que pudiera parecer, no provinente de la poesía sino de la técnica.

Aunque no lograda hasta ahora, a la venidera fusión de nuestra Bahía la va a producir, inexorablemente, el crecimiento poblacional y no deberá adolecer de ciertos problemas pintorescos pero obstaculizadores como los que, por ejemplo, presenta con sus localidades lagunares Venecia, un espacio que frecuento de hace mucho y que conozco en son nada turístico, ya que mi mujer es de allí.

Grandes señoras del mar, que hoy les escatima sus favores, y un tanto aisladas por su situación peninsular, no son pocos los rasgos observables, igual en Cádiz que en Venecia, respecto al medro actual de sus cercanas poblaciones costeras, si bien Cádiz nunca se burló de las nuestras y Venecia sí lo hizo de las suyas, y lo hace. Los sainetes gaditanos dieciochescos de González del Castillo (nuestro don Ramón de la Cruz), reflejo de toda una mentalidad popular, incluyen contadas mofas de esa índole mientras que en las comedias de su coetáneo veneciano Carlo Goldoni, empezando por "Le baruffe chiozzotte' (que, referida a Chioggia, sería decir, pongamos por caso, 'Las broncas de la Isla') damos a mansalva con tales puyas, así como Venecia abunda en motes nunca puestos por la capital gaditana a sus vecinos de bahía; en la ciudad adriática por ejemplo, y ya que en ella no hay sitio para corrales, a los de la inmediata Mestre aún se les llama "i caponari', o sea los de los capones, los que traen los pollos.

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