Puede entenderse que, añadidos esos antiguos resquemores a otras quejas (y, cómo no, a no pocas envidias seculares), en las páginas de 'i1 Gazzetrino' -equivalente veneciano del 'Diario de Cádiz'- no sea raro encontrar malhumorados clamores comarcales que llegan a pedir el traslado de la capitalidad del Véneto a Pádua... Un despropósito donde los haya.

II. El Puerto y la Bahía.
  Nada de lo que acabamos de contar cunde entre nosotros, por suerte, pero la anterior digresión no es del todo ociosa, cara a una misma situación gaditana en cuanto a nuevos, vigorosos auges comarcales, y a cómo encarar el futuro. Ciñéndonos al presente, aún nos damos de nuevo con Wyndham Blest en el sentido de que la mayor significación de El Puerto de Santa María, dentro del vivir de la Bahía de Cádiz, sigue dada por su triple carácter, rural de una parte y, de otra, a dos aguas, mar y río.

  En el cuadro general de ese mismo vivir, tanto El Puerto como Cádiz y Chiclana, San Fernando y Puerto Real, núcleos de la estricta comunidad de la bahía, han de cumplir papeles complementables y distintos, propios de cada población pero también comunitarios.

  Más que olvidadas las seculares contiendas marítimo-comerciales de que nos dio noticia el mercader de indias Raimundo De Lantery, saboyano gaditanizado del seiscientos, y luego los portuenses Sancho de Sopranis o Lastra, todo sería distinto en el nuevo, deseable y beneficioso tablero de cometidos que acabamos de sugerir, algo así como un ajedrez provechoso para todos y en el que las piezas se ayudarían en vez de 'comerse' o pugnar.

  Pues bien, y como siempre, a El Puerto de Santa María le está reservado en ese juego una función múltiple, de primera importancia. Tal vez la encabece el hecho de ser El Puerto la principal y más lucida puerta de entrada, por tierra, a la Bahía gaditana, y eslabón rentable y representativo, entre un campo y un mar pródigos. A ese papel de conexión ha contribuido y contribuye un fuerte brazo de agua, el río Guadalete, entronque o comunicación natural de El Puerto de Santa María con el Jerez agrícola y ganadero -viñas, caballos, bodegas, todo ello tan portuense como jerezano-, así como una doble actividad campesina y fabril, asentadas en las márgenes del río e inasequibles, por ejemplo, a Cádiz, dueña en cambio de uno de los más atrayentes y menos lastimados cascos urbanos del siglo XVIII, alto sobre el Atlántico.

III. Los dones portuenses.
  Pero repasemos ahora de manera sucinta -y no hay por qué hacerlo en orden de importancias- algo de lo mucho con que El Puerto de Santa María contribuye hoy, y ha de seguir contribuyendo, al buen concierto y al porvenir de nuestra generosa Bahía: los dones portuenses a la comunidad acuática gaditana.
  Aparte esas recién señaladas condiciones, de cabecera o puerta de ella en tierra firme para quien entra por arriba a dicha comunidad, y la de ser su primera proveedora de trasmines y sustancias campestres, y de bienes agrícolas y ganaderos, son dos largas y ricas realidades costeras las que El Puerto ha situado en la Bahía a derecha y a izquierda de su río y su núcleo urbano: Valdelagrana (playa y ‘neópolis’ como la nueva Gades romana de los Balbo), más adentrada en la bahía y también más populosa y funcional; y toda la sucesión -más residencial y con realizaciones tan ambiciosas como la de Puerto Sherry- de urbanizaciones desde el Guadalete hasta la demarcación de Rota, cerca del mar abierto y con un playerío de oro frente al perfil del Cádiz clásico.

  Es el tramo de agua que, entrando y saliendo del río por agua a la bahía, pespuntea a diario entre la Fuente de las Galeras y la antigua Plaza Mayor gaditana, el célebre, el sabroso vaporcito de El Puerto, como arrancado de una página fluvial de Mark Twain, con Tom Sawyer y Huck Finn a bordo.

  Las mismas aguas de las que, dicho sea sin perjuicio de la fundamental participación onubense, salieron a su primer viaje americano, Bahía de Cádiz arriba, el hombre y la embarcación llamados a avistar el Nuevo Mundo e incorporarlo a la historia del Viejo: Colón y la carabela Santa María, de advocación, impulso y ducados portuenses, que recogerían luego en Palos a las otras dos naves del descubrimiento para emprender la más sonada de las travesías. Un hecho portuense, gaditano, más y más sustentado por expertos tanto en el descubrimiento mismo como en la figura y biografía del genovés y españolizado superador de la Mar Océano. Un hecho, en fin, tan insuficientemente difundido como provisto de trascendencia y de significados.
  Volviendo sin embargo al presente, traigamos ahora a escena aquel caballo blanco montado por aquella amazona, trotándose las espumas atlánticas, y la silueta nacional de ese gran toro metálico y portuense, triunfante de acusaciones y pleitos desatinados. Uno y otro suministraron sendas imágenes masivas de lo que, sin embargo, son dos antiguas identidades íntimas, hípica y taúrica, de El Puerto de Santa María. Al que, según se sabe y en cosa de toros, hay que darle de comer aparte. En la historia añeja de la tauromaquia, en la formación misma del toreo, Chiclana -también de la Bahía- es parangonable, sin duda ni exageración, a Sevilla o a Ronda. Pero El Puerto es hoy, también sin duda y desde hace mucho, la capital taurina de la Bahía y aún de la zona.

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