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Ya las capitaneaban, en número de festejos, su enclave céntrico y
su Plaza Real que, sumadas hoy a su plétora veraniega, han acabado por fraguar una feria
taurina que jalona todo el estío y da entrada a la crema de la torería y de las divisas
bravas, con la natural representación de espadas y ganaderías propiamente portuenses,
los toreros y los toros de la localidad.
Y a ese atractivo tradicional,
encomiado por el mítico Joselito El Gallo, así como al de su gentil casco histórico, al
de su estación estival (no falta de un cierto apartado de manifestaciones culturales), y
al reclamo de su "movida", más importada y efímera, El Puerto va a agregar,
esperamos que cuanto antes, otro reclamo de signo absolutamente distinto y de señero
interés e importancia para la Bahía: el mundo arqueológico de Doña Blanca cercano a la
ciudad, es decir, al sucesivo Puerto de Menesteo, de Alcanatif, de Santa María.
¿Un especial instinto o
intuición de los portuenses? La albertiana "Ora Marítima" y algún apunte de
José Luis Tejada, los collages gráficos y los versos precristianos de 'Faelo' Poullet,
los barruntos de don Paco Ciria, |
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barruntos mágicos, o los más científicos de hombres previos a Diego Ruiz
Mata -y sobre todo del propio Ruiz Mata, actual valedor del yacimiento de Doña Blanca-
parecían presentir ese hallazgo, aún con mucho trabajo por delante pero con harta
seguridad en su grandeza: la inherente a su calidad de única ciudad fenicia al
descubierto, toda una extensa y suculenta tarta arqueológica de 'pisos' milenarios,
visibles ya y en marcha la continuidad de los trabajos y el de su definitiva presentación
en sociedad: la apertura al gran público.
IV. Rematando los tercios.
Y ahora discúlpeseme de nuevo una
segunda alusión personal, encaminada a precisar por qué ha escrito uno estas páginas o,
mejor, por qué las orienté así.
Nazco en Chiclana pero abro los ojos
en la capital; Cádiz me cría, me baña y solea, me ensolera, me envejece. Por cuestiones
de familia, de curiosidad, de gusto, piso y me sé desde chico El Puerto de Santa María,
San Fernando, Puerto Real. |
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Y luego, si una vida, bien movida y desde pronto, le hace sentirse a uno,
sin sombra de duda, un "andaluz en general', ¿cómo podría no sentirme un gaditano
en general? Para no decir en generalísimo. Y aún más, de la Bahía, con sus abiertas
pero breves distancias, que me han proporcionado toda suerte de dichas y, a veces, de
zozobras, por fin agradecibles también.
Tal como lo he hecho y lo hago a favor
de Cádiz en medios de comunicación nacionales y provinciales, guerreé desde Madrid por
la defensa de un lindo mirador de la Ribera del Río portuense, cosa en la que el alcalde
de turno -eso fue durante la tan llamada "etapa política anterior'- me pidió que no
me metiese, y en la que me metí.
Perdí aquella batallita, no la
única, me parece, que he librado por El Puerto. Fue demolido el mirador y mucho más
tarde reconstruido. Pero todo ésto sólo viene a cuento en función de que, engarzando
con los razonamientos del comienzo, uno piensa, siente y actúa no tan como de Cádiz
cuanto de 'los Cádices', nuevos, viejos y eternos. De todo lo que compone y es la
integridad de nuestra bahía, la entera y venidera unidad que ya debió conocer en un
pasado remoto este espacio marítimo y que, así como lo vislumbró aquel rubiasco Wyndham
Blest, ojalá más y más lo vean y lo compartan, hoy y mañana, los pobladores y gestores
todos de nuestra gran rada atlántica y sureña. |
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Empezando por los de El Puerto de Santa María, ya que El Puerto es el
primer acceso terrestre a ella, y que tanto ha dicho y tiene que decir en el largo curso
de su destino.
Fernando Quiñones
30 Mayo - 1 Junio, 1995 |
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