quí, en El Puerto de heroicos
pescadores, de toneleros y
viñadores, de cantaores y
guitarras desgarradas y tristes, junto a los
pueblos blancos y azules, le he hecho hoy,
a la caída de la tarde, de nuevo, esta
pregunta al mar.

" Madre, vísteme a la usanza
de las tierras marineras. "

   ¿Cómo no irnos ahora, oh mar, vestidos como en los distantes días de la infancia: la blusa azul ultramar y las tremoladoras cintas de la gorra ciñéndonos la frente? Esto le vuelvo a preguntar hoy, una vez más, a mis 92 años, a la mar, pero en esta ocasión lo hago mirándola de cerca, oyendo su oleaje junto a mí, desde mi cantado Puerto de Santa María. Ciudad que cada día parece emerger, recién estrenada, del fondo de la bahía de los mitos, al igual que el templo de Hércules, frenético, benefactor del campo, vencedor de los toros, y como el santuario de Moloch, devorador de esclavos. Aquí, en El Puerto de heroicos pescadores, de toneleros y viñadores, de cantaores y guitarras desgarradas y tristes, junto a los pueblos blancos y azules, le he hecho hoy, a la caída de la tarde, de nuevo, esta pregunta al mar.

                                 

   Por estas playas mías, por estas tierras, todo tiene alas y todo se transparenta de una infinita luz destelladora. El vino corre, como el Guadalete, desde Jerez a El Puerto de Santa María, doblando luego por el mar para volverse más pálido y ligero en Sanlúcar de Barrameda. Muy cerca de estas orillas, se vislumbra Cádiz, primera y alba gran ciudad atlántica, isla alegre que amarrada a las olas sueña siempre con hacerse a la mar, para mostrar al mundo el antiguo troquel de su figura, de su sal y de su encanto.

   De niño, en El Puerto de Santa María, cúantas veces me imaginé pirata por el océano, robador de auroras boreales y hasta me atrví una noche a peinar la cauda luminosa del recién aparecido cometa Helley. En su mar, en sus cabeceantes olas, en sus vergeles de las orillas del río, en el umbroso esmaltado de sus bosques, empavesé los mástiles livianos de mis versos y me inspiré para escribir las primeras canciones playeras y salineras, bajo el sol centelleante. En ellas está el recuerdo imperecedero de la arena rubia, dorada, movediza, de las dunas, esas dunas quemantes por las que yo corría libre, líricamente libre en las horas escolares, para adentrarme después por los caminos bordeados de eucaliptos, de transparentes, de bienteveos, entre los retamares y las chumberas. Por las estrehcas y perfumadas, calles de

El Puerto, las muchachas, dibujadas sobre los pretiles atardecidos de sus azoteas de cal fresca, se me fueron transformando en sirenas, en hortelanas, en labradoras de huertos submarinos.

   ¡Oh, infancia portuense feliz y esplendorosa, pescadora, llena de trasatlánticos y veleros al viento relampagueante de la bahía, de arenas pobladas de castillos! Infancia de patios y bodegas profundos, de añil claro de sombras, de esteros y salinas, de médanos amarillos, infancia que todavía me has esperado para recorrer contigo, anhelante, el último tramo de esta extensa playa de mi vida. Una vida trenzada siempre, a pesar de la lejanía, sobre el cáñamo azul de El Puerto de Santa María que, a través del tiempo, todavía hoy sigue apareciéndose ante mis velados ojos como una barca de claveles, con las velas de albahacas, sobre un mar de jazmines perdidos, como un día ya lejano le escribí.

Rafael Alberti
1995

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